martes, 28 de junio de 2011

¿Cuál desobediencia?

Desde niña me enseñaron a ser obediente. Es más, en una ocasión, en el colegio, me obligaron a guardar silencio con cinta en mi boca (cuando sólo tenía 4 o 5 años) como medida disciplinaria por mi exceso de preguntas. Tuve que callar pero recuerdo ese hecho como uno de los actos más violentos e injustos que he vivido. El no derecho a expresarme. Eso me llevo a buscar maneras escritas de hacerlo; formas secretas de revelarme contra el establecimiento nuclear: mi familia. En esos diarios, mi yo adolescente detonaba toda la ira que sentía, frente a la arbitrariedad de las medidas del gobierno paterno: hora de entrada y compañías permitidas. Era la época de Pablo Escobar y ya una bomba había destruido nuestro hogar; entonces era medianamente comprensible que mi padre fuera sobreprotector. En aquel entonces, no había celular ni modo de localizarnos una vez salíamos a comer la noche y a dejarnos seducir por la rumba de discotecas y fondas. Pero aún así, yo siempre procuraba llegar temprano. Era esclava del reloj. Tanto que recuerdo una vez en Bartolomé, con un taco en el parqueadero que nos retrasó; llegué a las 12:15 a.m. Quince minutos después de mi hora permitida y lo que siguió entonces fue una cantaleta desmedida basada en la desconfianza de mi madre sobre si yo ya había iniciado mi vida sexual. "Te pide la mano y te coge el pie"... para colmo tenía prohibido cerrar la puerta del cuarto entonces el único lugar para llorar con un poco dignidad era el baño. Tenía que ser obediente. Era la mayor. Era ejemplo para mis hermanas.
Mi bachillerato fue de una aburrición total en términos de obediencia. No digo que estudiar no fuera placentero, porque para mí siempre lo ha sido pero creo que me saqué dos boletines en 6 años, uno de orden y uno disciplinario. El último fue el más divertido. Tanto que no se me olvida. Fue con Luz María Posada en la clase de ciencias de Betty. Estabamos analizando el efecto de las ondas en una ponchera con agua y empezamos a jugar y terminamos con la ponchera encima del uniforme de cada una. Inmediatamente nos dieron boletín y aunque me dio susto llevarlo a casa... lo disfruté.
Lamento no haber sido un poco más necia o haberme dejado llevar un poco más de Luzma, que por cierto, hace años no veo. Ella fue la que me inicio en el juego de uva curuba uva que mencioné en una entrada anterior y fue ella la que describió el arte de besar como "dos pescaditos" si mal no recuerdo.

Ahora mismo estoy leyendo Desobediencia Civil y tuve que buscar en mis recuerdos sí había algo rescatable de desobediencia individual para poder pensar en sumarme a una desobediencia civil justificada. Lo único que puedo confesar es que no he votado en 10 años. Inscribí la cédula la última vez en Londres y desde entonces, he sido políticamente incorrecta. Negligente pero no desobediente ¿o sí?

Cada urbe es la sumatoria de burbujas individuales, de las que francamente, es incómodo salir. Si uno pudiera quitar a los desplazados de los semáforos o aquellos que hacen de mineros o mimos, uno los quitaría. Y no porque uno piense que ellos son malos y uno no. Al contrario. Por miedo. Por temor que la burbuja se rompa y los papeles se inviertan. Uno en el semáforo y un desconocido subiendo a la carrera el vidrio antes de presenciar nuestro acto y darnos unas monedas con qué alimentarnos.

De lo que si padezco es de desobediencia informativa. No creo en lo que se dice en los medios. No me gustan los programas radiales de mayor sintonía, ni lo parcializados que están algunos medios impresos y sobretodo lo truculentos que se han vuelto algunos noticieros.

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