miércoles, 30 de marzo de 2011

Al hombre gris

A M.M. Una sola ciudad lo ocupa y todas las demás se la recuerdan. Empaca su maleta y empuña el tiempo con la llave cifrada de su madriguera. Sale con destino conocido pero se distrae tan pronto llega al aeropuerto: la mujer de camisa azul, el señor que vende habanos y aquel niño que insiste en lustrar sus zapatos. Los observa... y entonces es capaz de predecir la fatalidad ni aquel hombre, ni la mujer, ni el niño volverán a cruzarse en su camino. Muerte al cubo. Lo no nato, lo abortado, lo negado; todo eso camina en su sombra cómodamente. A su llegada, camina rápido y las imágenes se disuelven entre compromisos y cafés recalentados. De vez en cuando se filtra el tono de una voz atenta que nunca se parece a una voz cualquiera. Es la voz de un lector o lectora que de veras ha leído su obra. Entusiasta, responde a las preguntas y algo se ilumina cuando siente el eco de sus palabras en otras bocas. La crueldad lo libera por dos segundos sólo para recordarle que muchos siguen ciegos, que debe continuar su lucha y abrir otros tantos ojos. Se toma una botella de agua sin gas y está listo para la próxima faena.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta el poema, sigue así.