sábado, 29 de enero de 2011

Verdades de un sábado en la noche

No vamos a salir. No hay para qué arreglarse a menos que quiera retratarme en la webcam y chatear un rato con amigos que jamás conoceré más allá de la red y sus palabras. Es cierto que yo podría salir por mi cuenta y entonces sí tendría sentido arreglarme pero la pereza supera mis sentidos y el hogar al menos ofrece seguridad. La canción de Yolanda llega hasta mi ventana, colada quizás por el capricho de un vecino romántico o una fiesta que la tiene en su repertorio. No llueve. Cuatro girasoles adornan mi sala y tampoco danzan. Apenas son las 8:00 p.m. y para mi la noche se está terminando. A las 9:00 me doy las autorizaciones de rigor para un somnífero indispensable y anhelo bucear en el territorio donde los sueños me son esquivos. 
Con esfuerzo mi memoria busca un sábado feliz, uno normal, uno donde parrandear fuera posible y diferente a asistir a matrimonios, uno brillante por las amistades que aún me acompañaban y para quienes mis locuras eran sólo aventuras. Ya crecimos. Nos volvimos serios. Mis locuras adquirieron el nombre que merecían y sus responsabilidades los alejaron de mi. Me quedé sin amigos para el sábado en la noche. Me pregunto si aún salen o... si salen sin mí. Me pregunto entonces cómo es salir sin mi y me digo: sencillo. Alguna vez alguien dijo que estar cerca era intoxicante y hasta hoy no sé si fue un piropo o una verdad cruda.
La música ya no está. Alguien debió enterarla de mi cercanía: ojo que la señora que escribe está hablando de Yolanda y shhhhh: ¡Silencio! Ahora me llega el sonido del agua de una quebrada cercana y el de mi perro que se lambe sin cesar las patas. Estoy pensando si debo buscar un pijama o unos shorts con camiseta para agradecerle al clima que me permite andar por la casa escotada.  Esa será la máxima proeza de este sábado donde en verdad el lugar que me hace sentir más cómoda, es mi cama.

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