viernes, 26 de noviembre de 2010

Inicio de Ciento Uno


“El ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.”
Antonio Machado





I. INSOMNIO

No puedo dormir; ya son las tres de la mañana y no puedo dormir. Antonio se acostó temprano, a eso de las ocho y ahora, a las cuatro de la mañana, aún no se ha podido dormir. Trata de olvidarlo pero el reloj no deja de recordárselo -minuto a minuto- sobre la consola. ¿Qué pasa? Es su fantasma otra vez. No tiene mayores preocupaciones, al menos eso cree; su trabajo va bien, su hija está bien y su mujer, bueno, su mujer duerme a su lado. ¿Entonces? ¿Por qué será que su cerebro no se apaga? Su única y gran preocupación es esta, no poder conciliar el sueño.

Me levanto; voy al baño. Regreso a la cama y no paro de dar vueltas; me acuesto boca arriba, de lado, en posición fetal, boca abajo, en todas las posiciones imaginables, y en ninguna me siento cómodo. Cierro los ojos, los abro, busco sombras en el techo, en las paredes, me volteo otra vez –suspira– pienso en todo lo que debo hacer hoy: en las cuentas por pagar, el trabajo en la fábrica, comprar la leche para Paula, ir a visitar a mi mamá… Y trato de pensar en algo lindo, una playa quizás, un lugar lejano y tranquilo donde el sol me acaricie, haya brisa y siempre esté el mar. Pienso en esto y trato de relajar mis músculos, mis piernas cansadas, lo intento pero no es posible. Antonio está tenso, preocupado, se siente extraño, tiene taquicardia, se siente ajeno al cuerpo que le pertenece. Está cansado y no llega el sueño y su espera lo pone aún más intranquilo.

Transcurren los minutos en una sucesión de segundos interminables que le recuerdan lo mismo: no puede dormir. Mira el reloj y son las 4:04 a.m. Cierra los ojos y siente que pasa mucho, mucho tiempo... cuando los abre son las 4:06 a.m. No puede ser. Se levanta y va a la cocina por un poco de leche caliente, su tía dice que ayuda. Se la toma, se quema. Ay, quema. Regresa al cuarto. Su mujer duerme profundamente. ¿Ovejas? Sí, ovejas… se le ocurre que puede comenzar a contar una, dos, tres, cuatro, saltando la cerca. Alto, una se detiene: no puede saltar. Mira la cerca, su rebaño al frente y la fila de  hermanas detrás. Beee... Beee... la cerca se pierde más allá de lo que su vista le permite alcanzar. La oveja lo piensa, medita, es un cuello de botella. Debe hacer algo; se decide, se agacha y pasa por debajo. 102, 103, 104… Antonio bosteza; “por fin volvió el sueño”. No, qué va, es puro cuento. Fue un instante, sus párpados han olvidado cómo se induce el sueño. Decide entonces seguir a la oveja rara –no es negra–, es una oveja común en un prado cualquiera sin pastor. Un momento: el pastor es él, y el lobo, bueno, el lobo es su mujer. Todos parecen tranquilos menos Antonio, que está angustiado porque no ve ovejos… ¿Existen acaso los ovejos? ¿O son ovejas macho? Qué preguntas las que se hace; ¿te las has hecho tú? ¿Sabes por casualidad lo que le ocurre a un hombre como él que no puede dormir? ¡Qué va!, qué vas a saber tú de eso. No hay nadie, somos millones de habitantes en el mundo y la mitad a esta hora duerme; la mitad menos uno. Seguro hay más pero el insomnio de otros no me preocupa, sólo el mío es insoportable. ¿Será que estoy en el hemisferio equivocado? Quizás es mejor si viajo. ¿Y si voy siempre al hemisferio de los despiertos y me paro en Greenwich y según el sueño elijo el hemisferio?

Tal vez sea su ausencia, el no escuchar una palabra suya durante días, su silencio, lo que lo ha inundado de melancolía. Los recuerdos son pasajes que se borran con el tiempo, pasajes que la mente aviva en busca de alegría cuando en realidad no traen más que la pena de saber que esos días ya no existen. Los recuerdos de Mara son momentos que Antonio sueña no haber perdido, momentos que espera volver a vivir; de la misma manera como aún la espera, ha dispuesto todo para su regreso, hasta el refresco de avena que en su casa nadie toma acompaña a los de mora en la despensa, y como no puede salir a su encuentro y buscarla en el bar, Antonio se pregunta: “¿Qué es lo que sigo esperando?”. Las noches transcurren en silencio y su regreso parece cada vez más un sueño, razón por la cual él decide regresar en el tiempo para sentirla a su lado aunque sea por un momento tan angustioso como puede ser la evidencia de que es sólo un producto de su pensamiento. Está loco, tal vez porque desea hacer eterno ese penoso momento de tal modo que la sentará a su lado, le hablará despacio, comprará más refrescos de avena para ella aunque no haya más espacio en la despensa, pondrá su plato en la mesa aunque su mujer se disguste, lo pondrá frente al suyo hasta que su mujer se vaya y acepte su derrota. Ella es la reina. Antonio le prenderá velas de día y de noche, como a los santos, hasta que un fuego arrase con todo y la incendie, y Antonio no pueda más y se siente a llorar. No, nunca podrán decir que él está loco, si la sintió a su lado durante un momento así no fuera eterno. Antonio no soportaría dos ausencias.

Se movió el lobo. Cuidado ovejas que seguro nos quiere comer, a mí primero que a ustedes y no tengo fuerzas para defenderme. Se movió otra vez y me mandó la mano, ay no, ese si no parece dormir nunca, jamás ha padecido insomnio pero se hace el huevón o el dormido. ¿Qué hago? Se levantó el lobo. Siempre se levanta a las cinco, le da una vuelta, lo mira con esos ojos grandes antes de comenzar un día más de labores y oficios. El lobo sí sabe lo que es dormir. “Oveja... oveja: sí, tú, la 101; acompáñame que hoy será un día duro”. Tiene razón, hazle caso, ve y sálvalo de ese lobo que sólo se come a las que saltan la verja.
Ahora es un lobo, pero cómo extraña su recuerdo: ¡Susana era tan distinta! Antonio insiste en conservarla como era aunque de la mujer que amó en ella no quede ni la sombra; la mujer que amó, no la mujer que quiere, aquella que lo impactó por su inteligencia y lo cautivó con detalles, esa mujer de mirada profunda y manos inquietas, la amiga que ahora busca y a veces no encuentra; la amiga que lo hiere con palabras, pretendiendo que reaccione y se alivie, esa amiga que ya no sabe si aún lo quiere. ¿Por qué insiste en conservarla como era en lugar de abrir los ojos y aceptarla como es?... eso implicaría olvidar lo que alguna vez fue. Antonio tendría entonces que llorar con ganas, juntar sus fuerzas, tomar la decisión de dejarla, destruir el cuerpo del recuerdo y evitarla en su camino. Frecuentar otros lugares, transitar otras calles hasta sentirse listo y hacer la prueba, simular un encuentro, verla de nuevo. Sería grandioso, pero ahora Antonio siente tanto que no vale la pena ni hacer el intento. Antonio es adicto a ambas. A Susana por su aroma, como Grenouille a otros perfumes, a sus ojos buscándolo cada mañana al despertar, a sus abrazos y a los besos que le niega, adicto a sus labios pronunciando su nombre, obsesionado con quererla hasta sufrirla. Sólo quiere volver a amarla, borrar la huella de La Mara. Quiere volver a sentirse subyugado y amar a Susana aunque a veces no sienta deseos de verla –y ella tampoco–, dejar que el tiempo corra en medio de una adicción sin límites, con una buena dosis de pasión y otro tanto de cariño aunque ella sea agua y él fuego, dos principios elementales que no pueden fundirse.

Antonio se pierde en sus divagaciones cuando sale el sol, el reloj le recuerda la pesadilla diurna de Gregorio Samsa cuando debe ir a trabajar, pero no puede: hoy se siente débil, aunque, como a todos, le toca resignarse. Se levanta, desayuna sin hambre, se toma la pepa a regañadientes, se lava los dientes por aquello del sabor a metal en la boca y sale hacia su trabajo.

Llega con la puntualidad obsesiva que lo caracteriza, ni un minuto antes ni uno después, marca la hora en su tarjeta y se dirige al telar. Al inmenso telar de colores donde debe buscar un imperfecto, una mínima variación o diferencia en los hilos de la urdimbre. Con una sola basta. Si encuentra una, salva el día sin contratiempos; pero si no, Antonio está en problemas: podría ser destituido con la misma facilidad con la que fue contratado, lo cual sería grave porque además de la paternidad también tiene que costear sus estudios. En la fábrica, su empleo se basa en la agudeza visual. ¿Mas con este sueño y cansancio quién busca? ¿Podrías tú? Recuerda a su oveja, la 101, y le pide ayuda, la invita a ser parte de su oficio; entonces llega de repente, lo mira como si fuera un inquisidor y le da la espalda para marcharse. ¿Qué hizo? Mira el telar: claro, cómo le iba a ayudar si la oveja, su 101, está empelota después de la esquilada. Es su lana lo que ahora debe mirar. “Atención: hay un punto negro en la bobina principal”. Paran el telar y bajan la tela del carretel. “Muy bien” –le dice el supervisor–, “se ganó el día; vaya a su casa a descansar”.

Antonio regresa antes que el lobo, al menos eso cree hasta que ve la mesa dispuesta, con el jugo servido. Jugo porque el lobo no lo deja tomar gaseosa, con todo lo que le gusta; dice que las bebidas oscuras ahuyentan el sueño cuando el que se espanta es él, con estas ganas del flamante líquido negro y del café que también le tienen prohibido.

Añora los años anteriores, aquellos en los que la depre no existía, la vida en casa de sus padres. Su perro, cómo era de bueno tener a Rufo; él no era como el lobo, el lobo odia a los perros. Rufo era su ángel guardián, sus ojos grandes y dulces de labrador estaban siempre presentes para seguirlo, jamás para hacerle un reproche. Si tenía insomnio, Antonio simplemente se iba para la sala de estar a ver la televisión y comer crispetas con coca-cola en compañía de Rufo. Amanecían uno al lado del otro y siempre en la madrugada llegaba un poco de sueño, apenas una siesta pero suficiente para no sentir que la noche pasó de largo y tener fuerzas para ir al colegio y estudiar. Era otro tiempo.

Ahora, Antonio suspira resignado frente al frasco de pastillas. El arcoiris de pastillas que debe tomar cada noche y que sin embargo evita. Con ella, el lobo, claro que se las toma. Ella supervisa que las trague y le hace abrir la boca en busca de evidencias. Pero él finge que se las toma y las bota. Todas menos una. La azul. La pastilla azul es para dormir, al menos es lo que le dicen pero ya no está muy seguro, porque lleva tres noches sin dormir, no una ni dos sino tres noches y ve a la oveja, la 101, y siente que la muerte lo incita; susurra: si duermes... mueres. ¿Y así quién puede dormir?


Cuando el río suena

Lo mejor es bailar. Pensar en las piedras es desbordar. Preocuparse por las casas, es verse obligado a aprender a nadar. El río y uno son dos solitarios en concreto que a veces se atraen por la amable lluvia con el único propósito de presentarlos.
-Mucho gusto. Rio El Salado.
-Mucho susto. Claudia Restrepo.
-¿Dijo usted gusto o susto? Vea que no entiendo eso del susto. A mi me interesa es saber de ustedes, de cómo viven, qué meriendan, a qué hora y como hacen para dormir. Yo nunca duermo, debe usted saber.
-¿Nunca duerme?
- ¿Quién podría con tanto movimiento? Podría usted? Sí es así enséñeme y me hace un favor.
- Le ha preguntado usted a la menos indicada, fíjese que tampoco duermo así haya una calma exacerbada. Mis motivos para no dormir son otros, pero créame, comprendo su angustia. Entonces... usted dice que viene a las veredas porque  no puede dormir. ¿No le parece que desbocarse hasta inundarnos es demasiado?
-Inundar. ¿Y eso qué es?
-Parece querido río que usted yo vivimos en mundos paralelos a los que se les dificulta eso de ser vecinos.
-¿Qué es un mundo?
-Ahhhhh, un mundo es como una esfera, como una manzana si a visto los árboles de manzanas.
- ¿y así es un mundo? ¿tan pequeño?
- O tan grande que nos alberga a usted a mi, a la tribu y no se queja. Todos vamos en el mismo bus pero no con la misma corriente.
-Y cómo hago para llegar al centro y hablar con el Señor Mundo?
-No lo sé. El día que lo sepa, venga por mí y vamos juntos.


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Y desde entonces hasta lo que conocemos como siempre. El ombligo del mundo ha sido surcado por barcos en ríos, por canoas en mares, por aguas en las aguas y nadie entiende su lenguaje de agua mezclada con viento y sal. Nadie comprende porque nadie en realidad se esfuerza por comprender. Todos llegan con demandas, nadie le hace ofertas. Hay quienes preguntan por los muertos y el agua de las aguas se exaspera. Ella no tiene nada que ver con eso. El cómo morir no dictamina el a dónde se va una vez estamos muertos.
Ahora mismo, puedo estar muerta y escribiendo o viva e insomne como el río Medellín que se salió de sus zapatos: anoche.

martes, 23 de noviembre de 2010

Las musas siempre están vivas y coleando

        Por no decir culiando. Me perdonan la desfachatez pero es cierto, a un hombre lo inspira la mujer que posee o anhela poseer, a una mujer la inspira el instante mismo en que piensa en el hombre que puede llegar a poseerla. Hay un abismo entre ambas afirmaciones, de allí el abismo que existe entre la literatura masculina y la femenina. Los hombres se van por los bordes con rodeos y misterio mientras las mujeres nos jugamos el centro sin ninguna certeza sobre el cetro. Doncellas de la palabra buscamos desesperadamente a ese lector masculino que nos huye más que el conejo de Alicia. Ese conejo, al menos se detiene para  un té.

         El lector real elude cualqueir conversación sobre lo escrito. Prefiere ignorarnos a decir que sintió algo importante en la lectura de ese texto que parimos como a un hijo: con tanto dolor, con tanto amor.

         Mañana tengo conversatorio en la librería Sim Salabin y no deja de ponerme nerviosa el hecho de que más que un conversatorio es una confrontación. Un yo escribí en contraposición de un tú quisiste decir que... donde jurado que hay veces que uno no quiso decir lo que otro interpretó.
         Supongo es el juego de la lectoescritura. El primer lector fui yo misma. No hay frase de mi novela que no me sepa con cierto grado de memoria,  y ocurre así porque en la vivencia misma está el secreto de mi intimidad como escritora, que es la que regalo a ese lector desprevenido que a duras penas ha explorado su propia intimidad.
En ningún momento siento que mi pluma haya sido débil y mucho menos el final, tan medido, tan calculado para que fuera real. Hace poco el editor me preguntaba por la ficción y la realidad: yo no puedo hablar de ninguna sin mencionar a la otra. Yo creo en la ficción como creo en la realidad y, para serles franca, a veces amo más la ficción realizada que la realidad vuelta ficción. Si no vean  una de las fotos tomadas en mis ratos de ocio, en mis ratos de trabajo, en mi trabajo ocioso en mi ocioso trabajo: ¿dónde está la realidad y dónde nace la ficción?

Quién lo sepa lo escribe y sale a bailar un rato con la autora.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Una pesadez de kilómetros a la redonda

Y yo inmóvil, sin la suerte de encontrarme al borde del camino. Soy un cruce de caminos. Una encrucijada y hasta una paradoja tal vez ¿Qué le vamos a hacer si en mí no existe olvido? Tengo el terrible defecto del recuerdo del eterno presente: el vestuario, los inquilinos de mesas vecinas, el calor o frío que hacia aquel día y sobre todo: la palabra escrita. Es un vicio inconciente tal vez, eso de saberse uno de memoria cada frase que escribió bien o mal escrita. Cada verso con su cicatriz, cada anhelo flotando como un sueño. Todo me habita aunque no todo esté en mí. Mi papelera de reciclaje vive más llena que mis archivos reales. Tal vez sea porque me siento más muerta que viva, a ratos. Cuando la desolación quiere hacer de las suyas en mi, cuando me quedo sin sol /(mi regente); y  mis pies arden de frío y mis manos parecen tempanos de navidad.
Y ya es Navidad, los preámbulos comenzaron y yo quisera creer que este año será diferente. Sentir que el eter no inundará nuestra casa y que mi padre será mucho más que un titere de un cruel titiretero que gusta del ron o la cerveza.  Quisiera creer también que soy amada, pero esa esperanza la perdí un día cualquiera de este año en curso. Y no importa que tatno haga él por reivindicarse, el otro, el gemelo es el que me preocupa. Los Geminianos pueden ser una mierda. De tal modo que si uno me ama, es factible que el otro me odie. Por puro reflejo y dualidad. Y yo no estoy pa´odios, yo nací para Amar. Y no como dice la canción, como dice mi verdad. Nacer para amar en un mundo como el actual es una tarea titánica  y aunque he tenido amigos y amigas acompañantes, han sido temporales y me han dejado sola como aquel sol que me habita. No sé en que época del año viene el sol y se acerca más a los países que estamos cerca al ecuador,  pero lo necesito pronto para no morir de mis frios y mis fantasmas.

martes, 16 de noviembre de 2010

Mal Clima Buen Tiempo

Una cosa es el clima y otra es el tiempo, aunque digamos mal tiempo haciendo referencia al clima. Entonces... Como es la relación entre ambos?

A mi me gusta creer que mi clima y mi tiempo coinciden. Quizás no sean lo mismo pero si parecen las variables de una misma identidad. Las identidades son hermosas. Su perfecta correspondencia matemática en el colegio venia dada en términos de seno, coseno, tangente y cotangente, y además en angulos: asombroso.

Ojalá pudiéramos predecir el clima como predecimos el tiempo. En cuestiones exactas. Para que no hubiera vidas humanas en peligro, y no ocurriera lo de ahora con las lluvias en Antioquia.
A mi me encanta el sol y desearía tener una navidad cálida para que las familias se diviertan sanamente y momentos como el de Armero, por otro lado, no se repitan entre lava y fuego.
Me gusta la primavera... Y Medellin haciendo gala de su nombre estacionario.

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Cuándo es el momento justo para decir NO MÁS, NO VOY MÁS?

La esclavitud para mí, son las cadenas que construimos en torno a los empleos, las pasiones y en especial: las relaciones y los afectos. Es así como te despiertas una mañana de domingo, acongojado y triste. Tienes techo y te sientes a la interperie. Tienes comida y aunque deberías estar hambriento, no es el hambre lo que te mueve a levantarte. Tienes sed. Mucha Sed. La gaseosa que adoras, está vestida de fiesta para ti, en la nevera esperándote, tú pasas, la miras, la tomas pero eres incapaz de beberla. "Tiene mucho gas" es lo que piensas. Un pensamiento que ni siquiera es tuyo, es una crítica suya para doblegarte en una adicción tan simple. Amas la gaseosa. Ves el yogur, la leche, el tang y nada, ninguno te apetece. Ves la jarra de plata con el agua helada y tampoco. Terminas sirviéndote agua de la llave en un pocillo con oreja. Lo bebes como si se tratara de una aromática de frutas con efecto tranquilizante. Sí, es cierto, hace rato que a su lado no logras dormir bien ni estar tranquilo. Te asusta como ronca, te molestan sus pezuñas, te da malgenio, su simplicidad. Quieres huir, correr, saltar, liberarte, quieres romper pero algo tuyo lo ama más que a ti. Entonces  la batalla es despiadada: el niño o yo. Y tú no quieres el yo pero tampoco quieres lastimar al niño. Por ende terminas lastimándote tú. Sangras y nadie lo nota. Lloras y hay quienes te preguntan ¿por qué ries? no te confiesas actor pero parece que lo haces bastante bien. De lunes a sábado. La excepción es el domingo. No puedes mentirte a ti mismo un domingo. No puedes decir te amo sabiendo que ya queda muy poco de cariño, no quieres confrontaciones por eso te la pasas lleno de tribulaciones. El espejo del baño es el que sabe. El confesor. Frente a quien lloras. El sabe que no eres feliz y tu sigues pretendiendo que no pase nada. Pasa. Sucede. Y el tiempo corre mientras tanto y tus años parecen añadirle peso a tu penumbra.
Y lo has planteado varias veces, de eso no hay ni un céntimo de duda: Quiero Separarme. Y se hacen los sordos para no dejarte ser libre. Las cadenas cada vez pesan más y a tu tristeza ya nadie le para bolas. Has amagado tanto con irte o dejarlo que ya no quieren creer en ti o pensar que tienes las agallas para lograrlo.
Te hace falta el aire es cierto. Eso sí se nota porque cada rato te pones morado y aducis que es por el frío cuando que va, es el otro que te tiene asfixiado. Su presencia es un tóxico monoxido que ni se aleja ni se queda. Simplemente está por ratos haciendo feliz al niño y recordándote a ti... silencios y soledades.
Un barranquillero se posa en tu balcón: la Soledad, como suelen llamarlo y tu darías todo por colarte a su plumaje y ser otro, aunque sea un ave.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Besos Usados

Canta un poeta con su guitarra, por lo visto: decepcionado. En qué universo de la ilusión vive que pretende a su musa con El Primer Beso. Todas las Musas son Usadas. No se dejan mantener de nadie por lo que no llegan a convertirse en mosas.
Les gusta el "Musismo" que no es más que un deporte agricultor de sembrar ideas y regalarlas.

Pronto será la opera prima de mi primo Juan Pablo Bustamante Restrepo. Se titula: Lecciones para un beso. Una comedia romántica para hombres...
¿Será entonces el beso en cuestión de una musa, una mosa o una muchacha?
                                                                                                    Los invito a estar pendientes del premier.

Dulces éxitos para el corazón que me enseño del doble abrazo en correspondencia.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Construcción de un Personae

La Torre es una mujer jugando ajedrez sin saber cómo moverse. El caballo es un orgulloso que detesta la L. El Alfil se siente cortante. Y el Rey... siempre tiene miedo. Por eso necesita peones y reinas. Sí, reinas en plural porque hace rato con una sola no le basta para evitar el Jaque Mate.
Así es la construcción y destrucción de la persona. Ambas coexisten simultáneamente y así como no se puede elegir sin renunciar, la persona en cuestión no puede caminar sin caerse.

En un mundo cargado de tintes triunfalistas, una simple derrota afectiva o laboral parece ser el "acabose" Un destino inevitable del cual se suele creer: no hay salida. Así, como el jaque mate, y claro que hay salida: Volver a comenzar una partida. Nadie es mejor por haber tenido una buena racha y nadie es malo por haber perdido su racha seguida. 

Entonces señores, ustedes, los reyes... apuesto que perdieron su reina.
Y ustedes señoras... qué hacen encaramadas en una torre: apuesto que olvidaron que un día se sintieron princesas.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Inventarios

Había olvidado lo divertido que es hacer un inventario. Y no estoy hablado de uno poético que incluya mirada oceánica, hablo de uno real, de contar cajas como si fueran regalos. Toda la tarde la invertí en ello y los mejores momentos de mi tránsito por la universidad me tocaron la puerta. Época de práctica profesional y yo nueva en un cubículo trabajando para mi papá. Creo que ha sido el mejor jefe que he tenido en mi vida. Desde entonces se esmeró por pulir mi carácter y encauzar mi talento. Mi primer trabajo, también fue con él, me pagó si no estoy mal cincuenta mil pesos por varias semanas organizando el archivo de la compañía. Y fue lo máximo. Al fin y al cabo, mientras yo esté metida entre papeles, soy feliz. Los únicos papeles que me ponen nerviosa son los billetes. No me gusta entonces la contabilidad ni nada que me exija untarme del papel verde, aunque cuál verde, eso es un modismo gringo y yo no soy ni mona ni gringa. Y hasta donde recuerdo el único billete verde colombiano era el de $200, y me acuerdo de él porque mi hermana le decía así cada que el Ratón Pérez le ponía su trueque por un diente.

Buen día el de hoy. Gracias doy.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

A propósito de La locura de nuestro tiempo de Mario Mendoza

Creí que había perdido este ensayo sobre la obra del escritor bogotano Mario Mendoza. La encontré en una memoria portátil y bueno, dado que el medio para el cual fue escrita no la publicó, la subo cariñosamente al blog.


MARIO MENDOZA y La Locura de Nuestro Tiempo
Por Claudia P. Restrepo R.

Después de su regreso de la Semana Negra de Gijón, el escritor bogotano Mario Mendoza estuvo presente en dos escenarios de la Feria del Libro de Bogotá: el lanzamiento de su último libro La Locura de Nuestro Tiempo y el conversatorio con Jorge Franco.

El libro, que ya había sido lanzado el pasado 19 de Mayo en la Librería Nóbel con un pequeño grupo de seguidores y amigos, sorprende por su versatilidad y por ser la primera vez en 25 años que el escritor se expone más allá de sus personajes. La obra habla, entre otras cosas, de la soledad de la escritura y de ese viaje inagotable que emprende el autor en su caminar por la vida dejando testimonio de sus percepciones, lecturas, amistades e impresiones. Como todas las novelas de Mario tiene una profundidad avasallante. La liviandad que logra darle a los relatos hace que uno como lector a veces se pierda en las anécdotas sólo para darse cuenta de las conexiones que existen entre la historia y la realidad propia.

Es un giro arriesgado pero certero porque Mendoza se atreve a tocar las fibras más sensibles de un mundo en crisis; desde la depresión y las enfermedades psiquiátricas hasta el Amok, ese comportamiento humano inexplicable donde un sujeto común arremete contra la comunidad, cualquier día, como un asesino desquiciado.

El autor no se conforma con ser un espectador más de noticias, se apropia de las realidades más dolorosas para establecer desde ahí un llamado de atención. Un llamado sin tintes moralistas ni necesidad de protagonismo que con una voz firme y constante logra despertar la consciencia individual y colectiva. La sociedad le preocupa, el planeta le preocupa y su escritura lo ocupa desde mucho antes del computador, con aquella máquina de escribir llamada Aurelia donde más tarde narraría historias del lejano oriente desde un kibutz.

La locura de nuestro tiempo es una colección de relatos sobre diferentes momentos de su vida donde el narrador en primera persona le confiere esa fuerza e intimidad que poseen también novelas suyas como Buda Blues y Los Hombres Invisibles. El valor de la amistad en estas tres obras resplandece sobre lo demás. Mendoza, logra bajar a los infiernos mismos de la existencia para demostrar que ahí, en ese punto preciso, es exactamente donde la naturaleza humana adquiere sentido y  la vida cobra un significado.

El personaje de Campo Elías Delgado, regresa en uno de los relatos, no como en Satanás sino como el compañero visto a través de los ojos de un Mario estudiante que de la noche a la mañana se convirtió en “el amigo del asesino” sin saber cómo defenderse de una afirmación que aunque era verdad no era del todo cierta.
“Me di cuenta enseguida de que estaba hablando con un marginal, con un hombre de esos que se quedan lejos de los otros, en la periferia de una sociedad, más allá de los límites que nos rodean. Sin embargo no era para preocuparse ni para darle tanta importancia al asunto, pues tipos así abundaban en las carreras de Filosofía y Letras, los veía uno por todas partes, en la cafetería, en la biblioteca, entrando a clase con sus miradas perdidas y sus ojeras que delataban noches de insomnio. Yo mismo era considerado, por otros compañeros, un estudiante que se quedaba al margen del grupo en general.”

Las mujeres  de Mendoza
Nombres como Julieta, Jarxiner, Cristina, Isabel, Bárbara y María son algunos de los encargados de dar vida a los personajes femeninos de sus novelas. Mujeres que sobresalen por su temple, su voluptuosidad, su efecto magnético sobre los hombres que frecuentan o por la entrega a sus sentimientos y sabiduría.
“Si te has llevado a ti mismo, que es la carga más difícil de llevar, ¿por qué no has sido capaz de llevarme a mí?” diría una mujer ofrecida en contrabando, en La Travesía del Vidente.
El amor y la pasión las envuelven a todas, de modo que el lector se ve en la encrucijada de perdonar sus defectos, acciones, homicidios o carencias en la crudeza de la atmósfera que las rodea; u odiarlas por simple resistencia. Pero es capaz incluso de despertar la ternura y devolvernos al útero para agradecer a nuestras madres su legado.


El cuarto íntimo y el escritor
En una oportunidad le pregunté a Mario si todas las novelas llegaban igual, considerando mi poca experiencia. Y su respuesta fue: “Las novelas son como los amores, siempre parecidos y siempre distintos. Tienes que darle tiempo e irla conociendo poco a poco, ir acercándote, ir comprendiéndola.” En ese momento vi la madurez y la paciencia que debe tener un escritor para su oficio y  comprendí también que un trabajo honesto, verosímil y con efecto sólo puede provenir de autores como él que no abandonan su cuarto íntimo ni siquiera cuando el público está al frente y hace preguntas. 

martes, 9 de noviembre de 2010

¿Distante yo? pero cómo...

Mi madre me dice con frecuencia que los más adultos piensan que soy muy parca. Dice que yo prácticamente entro sin saludar e ignoro la presencia de los visitantes. Y yo le digo ¿si?, demás que estaba elevada mamá.
Y mis elevaciones si las reconozco. Son instantes de construcción onírica sobre personajes que aún no han nacido. Algo complejo de explicar para quién no sea escritor y por ende no viva acompañado de presencias.
Rara vez estoy sola. Un hombre o una mujer me cuidan la espalda. Aquellos que necesitan nacer a través de mí, en un cuento o un personaje de novela. Son personajes sí, pero no menos vivos que los vivientes. Tienen todo tipo de artimañas para obligarme a concentrarme, me tienen horario de trabajo y ellos son en realidad "los jefes" de mi experiencia como escritora. Es imposible predecir con certeza cuánto tardan en llegar a mí. La matriz es mi imaginación y el patrón de la creatividad es un viejito caprichoso que se sienta donde yo menos pueda verlo.
Aunque hay algo ya repetitivo y claro: me inspira el movimiento. Cuando logro sustraerme del trancón, de cuatro a seis se suben a mi carro. No escucho voces pero las pienso. Me imagino entonces que Jorge es de apellido Barriga y es un voyerista innato que viene a descubrirlo tarde, con los años. O pienso en María Salomé, en su pinta hippiechic y en lo que ha de causar el jardín que lleva puesto. Y es entonces cuando el empleado público: Genaro, aparece de lo más lindo, a decirme algo.
Y así se van construyendo los cuentos que a la larga son narraciones de eventos que necesitaban el bicolor para suceder.
Ahora mismo estoy en transición de personajes. Antonio aún no quiere bajarse del carro y ya le he dicho de todas las formas que no puedo hacer más por él. Lo invito a los conversatorios y me dice que aún no se ha recuperado por completo, que sea amable y no lo haga quedar mal. No quiere establecer contacto visual. Está bien Antonio, está bien. Pero trata de ir, así sea de incógnito. Por su expresión creo que la idea lo seduce y para no ponerlo en apuros le prometo que ni siquiera voy a buscarlo.
Y la extrovertida Clara, la que apenas comienza, dice que ella va a dónde sea con quién sea necesario. Es la amplitud que otorga el anonimato. Entonces sonrío y sé que irá conmigo esta tarde a Comfenalco.
Mientras tanto trabajo estudiando marcapasos. Debo llamar a Felix, un amigo que tuvo intervención quirúrgica cardiovascular hace poco... entonces sí, soy distante, algo más me llama.
Ojo con el clima. Viene lluvia.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Algo muy sutil está pasando

Lo sé. Puedo sentirlo. No sé bien de qué se trata ni cuánto durará. Sé que transcurre mientras escribo. Mis odios y rencores me han abandonado. La levedad de mi ser me desconcierta. Yo, que había hecho un gran esfuerzo en reunir anécdotas que anularan mi ser, me sorprendo con acontecimientos que no sólo quieren mis servicios sino que también me premian por ello. Repito: algo extraño está sucediéndome. 
Y es así como de repente mi casa es visitada por mariposas monarca y verdes grillos gigantes durante la noche. También un par de abejas rastreras has sido sorprendidas en servicio y sin ningún remordimiento les he mandado zapato con la fuerza necesaria para cortarles el paso y el aire.
El No No No que estaba acostumbrada a recibir como respuesta cambio a unos sí lo más de complacientes. Y ojalá pudiera decir que es mi percepción pero en ella no confío porque me mantiene más dormida que despierta. Es entonces cuando pienso que nací para soñar y en un punto muy temprano de mi niñez me volé para arrastrarme. -jamás gatié- Fue más adelante que comencé a caminar y todas esas cosas que suelen hacer las niñas. Mi preferida era hablar durante la noche hasta que papá fuera hasta el cuarto a sacarme de la cuna. ¿Será que salí de una cuna adulta?
No lo sé. Tengo dificultades para encontrar lo genuino. Por otro lado esa costumbre de hacer lo contrario a lo que me ha sido encomendado. Los designios de mi corazón tienen la tendencia a estar yuxtapuestos de manera urgente, casi impositiva.
Es lunes y para mí se siente como un día que  no ha sucedido nunca. Todo es nuevo. Las sonrisas, esa complicidad de papá. Es como si por fin hubiese llegado a un lugar que me había estado esperando y paradojicamente ese lugar es un despacho junto a su oficina. Aislado porque hoy no había líneas de teléfono. Ring... contesto desde otra ubicación y es él. Ultimamente ha estado tan bien, tan contento, tan entusiasta, que si ésta es su fantasía y yo hago parte de su equilibrio, estoy dispuesta a quedarme por un tiempo... igual que las mariposas que de noche me visitan.

El tiempo parece estar contrayendose. En lugar de expandirse se contrae, lo suficiente para que la tetera pite y el universo se sostenga.

u1 y u2 siguen allá afuera en el firmamento. En un Sagitario que adoro mirar. La astrología vuelve a solicitar mis servicios a través de mis amigos. Pareciera un destino ineludible eso de leer para otros lo que ellos podrían leerse si se miran atentamente al espejo. Hay tanto que ver que es cierto, uno sí puede perderse en algunos pasajes. Por eso es mejor mirar de a dos o de a tres. En un equipo compacto.

Y hablando de espejos, ya voy a mirarme un rato, a dejar que el color caiga sobre mí. Es oscura la tonalidad que busco para mi cabello y vamos a ver qué termina siendo eso del color en mí, porque a ratos me gustaría incendiar mi pelo, aunque dure menos y es claro que mona no soy entonces la oxigenta tiene que permanecer a varios metros de distancia de como me quiero ver.

Sutil y Delicada. Como lo que está sucediendo sin suceder.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Media mirada

Media mirada basta para ser descubierto.
Media más para sorprenderse coqueteando y un millar de ojos cerrados para negarlo.

¿Quién puede asegurar que sucedió? Nadie.
No hubo conexión.

Y es ahora que mis ojos se duermen cuando siento que sin cesar lo buscan y ha aparecido exiliarse del territorio de los sueños: no importa qué tan abajo bucee, ya no lo encuentro.

Me despierto pesada y tranquila sabiendo que no lo vi y siento que quizás él está más vivo y yo en algún punto he comenzado a morir.

Su media mirada fue suficiente para motivar mi búsqueda.
Ahora quiero la mirada completa sobre mí, aunque sea una vez más.
Quiero su mirada en la mía para remar como lo hacían en los primeros tiempos. No importa si está oscuro, él y su luz también me bastan.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Seduce un silencio vagabundo

Llueve a cántaros en Medellin, un diluvio inesperado nos obliga a replegarnos. Es viernes y Venus por estos días: esta retrogradando.
El corazón rebobina en verde y los amores no resueltos con esa frecuencia, saltan a la espera de ser mirados o recordados. Algunas estéticas también agonizan, la señora Belleza se encuentra perdida. Y se dice que un silencio vagabundo es el responsable de mantenerla alejada.

Los desfiles de moda se ven a gatas peinando tristes felinas que al menos por hoy quisieran obviar el maquillaje y salir carilimpias. Algunas parecen escuchar el llamado de ese vagabundo silencio y se desesperan por los tacones que no las dejan correr tras él. Una con suerte logra escabullirse para seguir al verde errante que no está dispuesto a dejarse atrapar. Otra se limita a observar y cree que llueve Venus pero no le esta permitido mojarse.
Y como soóo cree que la lluvia es agua, no tiene deidad su belleza, y le importa un pito que el silencio se quiera vagabundear. Allá el con quién se mezcla. A ella le gusta conversar y cualquier silencioso le resulta aburrido.
Entonces...¿Qué hará el vagabundo para seducirla?
Tendría que plantarse en un hombre de la talla y peso de la susodicha mujer, tendría que
acercarse, hacer algún truco ilusionista y partir. ¿Y si los trucos no le interesan? Al menos
debe intentarlo o morir.
Si un silencio vagabundo falleciera una cantata se ofrecería en su nombre y la dama terminaría asistiendo al concierto de aquello que quiso evadir y que ahora, como música, la abraza sin pudores ni presentaciones baratas.

Un hombre personifica el silencio porque sí, no tiene la gracia de la sirenita, ni es temporal su vagabundear. Es verde en los ojos y azul en el cuerpo, el amarillo lo tiene para después.
Seduce su lengua en otro quehacer.

(La mujer es Violeta)