jueves, 30 de abril de 2009

MARIA AZUCENA

MARIA AZUCENA

Por Claudia P. Restrepo

Le dije calma con tu muerte no haces nada… era mi esposa… al diablo los dos.

No tiene sentido esta vida perra, no tiene sentido amarla, quiero morir como nací: de patas al mundo. Quiero morir y que sea pronto. Déme otro brandy, déme un disparo, esta noche yo me emborracho y ya caído el golpe es menos malo. Déme un disparo, calme esta pena, tenga compasión de este calvo y acabe mi tormenta.

- ¿Qué le pasó viejo Octavio? ¿Problemas con doña Azucena?

- Ni techa mi choza ni techa la ajena esa es la ingrata de mi Maria Azucena

- ¿Qué dice mi pana? ¿Qué agobio es su pena?

- La Azucena

Le dijo calma, con tu muerte no haces nada, era tu esposa pero vos sos grande, busquemos la manera de podar esa tusa, espérate te llamo a una de las viejas.

- No quiero más viejas yo quiero a Azucena.

¿Cómo le saco de la cabeza a este amigo borracho a la niña Azucena? Venga Margarita, hágame un dos. ¿Ve al calvo de la barra? se llama Octavio, vaya consuélelo.

Y sale Margarita contoneando caderas, con el rimel negro y chispeante y los senos bien puestos afuera y le dice:

- ¿Guapo, por qué tan solo? ¿No querés invitarme a un trago?

Y el Octavio la mira de mediobisney. Se toma su tiempo y le contesta: - Pues mija la que tiene que invitar es usted. Con esta pena y sin plata, no valgo un centavo, usted verá si me acompaña un rato.

Y Margarita regresa a la barra y le dice al cantinero: - Vos es que sos huevón o te haces… de caridad no vive nadie. Y se va sin remordimientos.

¿Ahora qué hará el pobre cantinero para aliviar a Octavio de su triste dolor? Compasivo el hombre le regala una ronda y lo mira poner discos en la rocola. Pasan las horas, pasan los tragos, el brandy se agota y no hay billetera para responder por la cuenta. ¿Qué hará el Octavio, ¿Con qué saldrá ahora? ¿Será suficiente su reloj barato o tendrá que empeñar su cadena de oro? Llega la cuenta y lo dicho: no tiene con qué pagarla.

- Viejo amigo, señor cantinero, no tengo ni un peso, pégueme el disparo.

Y el cantinero lo mira más con lástima que con desprecio. – El quince cuadramos y espere le llamo a un carro.-

Sale Octavio del bar caminando como buen borracho, no puede pedírsele ni por un millón que se faje un cuatro. El hombre deambula con Azucena acuestas y al llegar casa toda la noche la invierte soñando: sueña con el techo de la choza que ya su mujer, la linda Azucena ya no techa.