jueves, 19 de marzo de 2009

Primer Pinito

Mi primera Publicación: Cantata a Varias Voces 2008 Yurupary Selección de cuentos Mis cuentos aquí:
  • Jorge Barriga
  • El Coleccionista de Diablos

domingo, 1 de marzo de 2009

Perro Negro


Todo animal tiene un macho o hembra humano favorito, todo animal sabe por la noche qué tememos, qué soñamos, nuestros deseos más profundos y mundanos. A veces, muy a veces, un perro negro nos visita en sueños y nos hace una advertencia: ojo con esto o con aquello. Nosotros, ajenos ya al instinto, hacemos caso omiso de la advertencia y seguimos por la vida, tristes de saber que los sueños y la vida se parecen... duelen.
- Mi general, ¿está usted bien? -me dice John desde algún punto
- ¿Bien? Eso es tan relativo.
- Otra vez el perro mi general
- Si, otra vez.
- Avísele a mis hombres que hoy no estaré.
Y vuelve Winston a su recámara. Vuelve a la cama. Vuelve a su intranquilo sueño y allá en ese campo de batalla, aparece de pronto el galgo negro, ladrando, intranquilo, muy pendiente del General en su batalla. Lo advierte, lo detiene, le ladra con furia como un toro antes de embestir. Otra vez le advierte, lo mira de frente, nada de rodeos, es claro, debe detenerse. El General hace cerrar todas las cortinas de la casa. Viene una temporada gris en un infierno propio que conoce más que a nadie. Sabe que el perro, es un emisario, un mensajero de malos tiempos que se avecinan; un amigo, de lo más extraño, que viene sólo a darle la noticia de la pesadumbre que ya siente en el cuerpo. Y es que eso de morir es todo un arte. Perro negro, el galgo negro es amigo, leal y sincero, que no se viene con rodeos, un amigo de los malos momentos, de la nube, de la oscuridad, de la ausencia de alegría.
Ha llegado ya, es demasiado tarde. El perro sabe que su amo entiende que debe resguardarse. Las brigadas lo esperan la guerra está en suspenso, aún no se sabe quién gana y quién es derrotado, aún no se sabe nada, lo único cierto y certero es que mi General está de luto. Ocurre cada invierno, al terminar el otoño, cuando las hoja caen y no queda vida aparente sobre la capa de nieve que inunda el Palacio. Ocurre que los caballos también saben, sospechan la llegada de Perro Negro y temen en silencio a sus ladridos, su afanado mensaje de resguardo. Winston, hace caso, sabe que el perro no está solo, que pronto vendrá el otro galgo, el mayor como él le dice, el que no ladra sino que observa, el peligroso. Mis perros negros son mi tristeza, mi melancolía enmascarada. Ya llegó el Mayor, no ladra. Sólo me observa acostado, sin ganas. Sin deseos de la sopa ni la sustancia, sin animus, sin ánima. El perro me mira, de lejos me mira. Con una mirada de compasión que me desbarata. El sabe cómo me siento. El predice mi comportamiento. No me teme ni me hace temerle. Yo le temo más al otro, al que ladra, porque ese es el que anuncia. Este solo comparte la llegada. Mis perros y yo, somos uno. El galgo negro es mi amuleto, mi tótem, mi señal de detenerme luego de victorias que han cambiado a este pueblo. La Guerra, la guerra siempre me persigue. No importa cuántos esfuerzos haga por evadirla. Ella regresa, inclemente, despiadada a pedirme que comande ejércitos de hombres sin voluntad, que me siguen, claro, me siguen porque creen que tengo un ideal. Ay cómo quisiera en realidad tenerlo. No soy nada, no soy nadie, un generalucho de sospechosa calaña que no le teme a cañones ni pistolas y que sin embargo muere y se orina con un perro, un galgo, un negro que viene y ladra que viene y me levanta. Mis perros negros sin duda, son la bruma de mi alma.