domingo, 18 de enero de 2009

El Coleccionista de Diablos

Tenía la costumbre de coleccionar diablos. Mientras otros coleccionaban vírgenes, cristos, búhos o vacas, a él le gustaba coleccionar diablos. Esto no habría sido problema para un ciudadano común, pero para él si porque pronto se ordenaría como sacerdote y era difícil explicar por qué un siervo de Dios coleccionaba diablos. En su infancia acompañó a su abuelo en una ocasión a Riosucio los primeros días de enero y fue testigo de un carnaval que lo impactó: El carnaval del diablo. Desde entonces dejó de temerle al demonio con cachos y se dedicó a coleccionarlo. No era fácil encontrar diablos. Los vendían en almacenes esotéricos, tiendas de disfraces y en algunos de decoración. Nadie sabía de su colección así que nadie se los regalaba. Mientras sus colegas dictaminaban vaciar los hogares de imágenes no santas, el pensaba en los favores que recibiría una vez se ordenara y pudiera solicitar para si, dichas imágenes. Recibió su ordenación en una ceremonia sencilla y le fue otorgado el corregimiento de San Félix por los dos primeros años. Si lograba aumentar el número de feligreses, recibiría una Iglesia con mayor cobertura. San Félix era pequeño y frío, con pocos habitantes pero visitantes frecuentes de las fincas de la zona. La mitad del pueblo era habitada por Dios, la otra mitad por unas cuantas tiendas. No habría muchos diablos que coleccionar allí pero debía ser paciente si quería incrementar sus demonios. Pronto aprendió que la mejor manera de tener contentos a los hacendados era hacer rápida la misa del fin de semana, nada de largos sermones, entre más corta, más concurrida y más bondadosas las ofrendas. Las ceremonias largas se hacían en semana, con las mismas señoras y los mismos viejos. De párroco de pueblo pasó a padre de ciudad, predicaba bonito así que las señoras lo adoraban. Tenía una voz suave y apacible y el amor abundaba en sus discursos. Las confesiones lo aburrían pero eran gaje del oficio y lo habrían seguido aburriendo si no se hubiera presentado una madre muy devota preocupada por la suerte de su hija. Que pasa mi señora. Es mi hija, está obsesionada en salir con un fotógrafo que tiene por afición ir a los carnavales de Caldas a tomar imágenes del diablo. ¿Del diablo? Y cómo es eso. Yo no sé pero me asusta. Ella está en una edad que no se deja decir nada y ni a misa me acompaña. Entiendo. Hágame un favor y tráigame el teléfono de su yerno, le voy a pedir unas fotos del templo y de paso investigo el asunto que le preocupa. La noble señora se fue tranquila de haber confiado su mayor preocupación mientras el Padre Eugenio se contenía para no saltar de la emoción ante la providencial coincidencia. La madre le llevó la tarjeta del yerno a la mañana siguiente y el Padre Eugenio le prometió resolver pronto el misterio. La tarjeta tenía una página de Internet, pero el Padre no sabía de esas cosas así que instó a uno de los monaguillos a consultarle como tarea. El monaguillo, diestro en sistemas, le imprimió cuanto pudo de la página y el Padre pudo llamar al temido fotógrafo. Lo citó para una cotización que le interesaba al Templo y el muchacho asistió muy puntual a la cita. Lo impactó por lo joven y desaliñado. Cuénteme en qué puedo ayudarlo. La verdad, quiero que me cuente de ese carnaval que acostumbra visitar, ¿tiene usted fotos del diablo? Del diablo propiamente hablando, no, tengo fotos de las máscaras de los habitantes del pueblo que se reúnen a desafiarlo. Y le mostró, las más bellas imágenes a blanco y negro y en colores de expresivos rostros burlando al famoso temerario. Al Padre Eugenio le pareció un buen muchacho, le preguntó si podía adquirir afiches con las imágenes y al joven, aunque le pareció raro, le dijo que si y que lo llamaría cuando tuviera el trabajo terminado. A las dos semanas se presentó en la sacristía con los afiches envueltos en rollo como los planos y se los entregó al Padre, sabe Dios que pagó su pequeña fortuna por adquirirlos pero bien valía la pena conservarlos. La suegra fue a misa y en confesión le preguntó por el encargo. No hay nada que temer, es un buen muchacho. Para él es arte nada más. La señora, no conforme con su respuesta, buscó ayuda en el Prefecto de la zona, para lo que enviaron investigar al Padre Eugenio. Una pequeña comisión lo abordó sin previo aviso y dispuso una requisa de inmediato. Al Padre Eugenio diablos por montones le encontraron y la comisión horrorizada hasta a exorcista mandó llamar para sanarlo. Al cabo de unos días lo soltaron, sin dinero y sin diablos, sin pasado y sin trabajo.