martes, 6 de mayo de 2008

Cómplice Oscuridad

CÓMPLICE OSCURIDAD En Pajarito la oscuridad era absoluta. Perfecta para las bromas de los compinches primos que se reunían cada ocho días o por temporada a gozar la vida. Las víctimas siempre eran los visitantes, los nuevos que desconocían las trampas de los dueños, los inquilinos ingenuos amigos de Emilio. Este sábado el turno era para Franco, tan recto como su nombre y de malas como ninguno para el efecto de los tragos. Después del segundo ron caía en dormidera y el sueño era tan profundo que lo vencía sentado. La barra de hombres a veces jugaba poker, otras dudo, cacho o mentiras y siempre chistes en medio de la mesa. Esta noche era de poker, cuando Franco se durmió estaban en la tercera mano, ya eran las 11:00 de la noche y la lluvia los había obligado a jugar en el salón interno de la finca. El mismo salón donde una vez se apagaban las luces, no se veía la más mínima luz o reflejo. Mientras Franco dormía todos se pusieron de acuerdo y a las 12:00 cuando despertó seguían jugando. Voy cinco, yo paso, pago por ver, decían los amigos y Franco una vez salió de la modorra y analizó el ambiente grito despavorido ESTOY CIEGO. Su corazón latía a mil y en vano intentaba encontrar una luz en aquella oscuridad mientras los amigos hacían lo imposible por aguantar la risa, no podían ver sus gestos pero escucharlo gritar una y otra vez Estoy Ciego fue suficiente para reventar en carcajadas y encender la luz. Acto seguido fue que Franco el de carácter siempre mesurado se dedicó a perseguir a Emilio con el único propósito de vengarse la bromita con una buena paliza, cosa que no se dio porque en un círculo como estos todos terminan riendo, incluso el afectado. Y a Franco le quedó gustando la broma, al punto que al fin de semana siguiente invitó a un primo, Marco Fidel para ponerlo en el centro del atentado. Esta vez la broma fue distinta. Marco Fidel no se quedaba dormido por falencia sino por exceso. Tomaba desde muy temprano y sin mesura, razón por la cual a la media noche ya no era sujeto. La rasca lo vencía y caía como un tronco. Todos esperaron dicho momento para el plan más macabro. Una vez profundo, lo cargaron entre todos y lo pusieron sobre la mesa del comedor, un tablón largo y antiguo en el centro de la casa. Acto seguido pusieron veladoras en todas las esquinas de la mesa, las encendieron e incluso llamaron a Doña Rosa, la esposa del mayordomo con su hija para que ambas les ayudaran a presidir la ceremonia. Con rosario en mano como coro al unísono recitaron el Avemaría y el Padre Nuestro hasta despertar al presunto muerto. Marco Fidel con la resaca viva y en medio de la escena se levantó de un brinco gritando y llorando, ¡No puede ser, estoy muerto, estoy muerto! Se tocaba para ver si aún sentía mientras los demás con miradas y risas le revelaban que aún, estaba con vida.
2007